martes, 19 de junio de 2012

Lectio Divina




Señor, Tú eres justamente el que me faltaba, y nunca habría osado esperar tenerte, tan maravilloso como eres. Yo pensaba hablar a Dios como hablo a un hombre.

Y he aquí que eres Dios que vive como un hombre... ¡Oh revelación de Dios al mundo!... ¡Oh Dios, Jesucristo! Para conocerte no necesito ya atormentarme; lo mejor es ser verdaderamente hombre. Pues has tomado mi naturaleza, nada hay humano que no puede convertirse para mí en religioso, es decir, en un lazo contigo.

Yo vengo a Ti con mi modo de pensar, porque ya, para conocer a Dios hecho hombre, lo mejor es tener ojos de carne e inteligencia humana. Vengo a Ti con mi modo de amar, oh Corazón sagrado, cuyos latidos palpitan al unísono conmigo... Vengo a Ti como a mi hermano, y en todo hombre -¡Oh maravilla!- puedo venerar a Dios. Vengo a Ti con mi manera de sufrir, ¡oh Cristo crucificado!, cuya sangre bebió la tierra y cuyos gemidos y repugnancias escucharon los hombres...

Vengo a Ti con mi modo de orar, porque Tú tienes labios para responderme, porque has tenido por madre a una mujer de la tierra como la he tenido yo...

Vengo a Ti con mis mismos pecados, ¡oh Cordero de Dios venido para quitarlos y borrarlos en el instante mismo en que los has tomado sobre Ti!

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