viernes, 6 de julio de 2012

San Tarcisio, hostia inmaculada ofrecida a Dios


¿Quién era san Tarcisio? No tenemos muchas noticias de él. Estamos en los primeros siglos de la historia de la Iglesia; más exactamente en el siglo III. Se narra que era un joven que frecuentaba las catacumbas de san Calixto, aquí en Roma, y era muy fiel a sus compromisos cristianos. Amaba mucho la Eucaristía, y por varios elementos deducimos que probablemente era un acólito, es decir, un monaguillo. Eran años en los que el emperador Valeriano perseguía duramente a los cristianos, que se veían forzados a reunirse a escondidas en casas privadas o, a veces, también en las catacumbas, para escuchar la Palabra de Dios, orar y celebrar la santa misa. También la costumbre de llevar la Eucaristía a los presos y a los enfermos resultaba cada vez más peligrosa.

Un día, cuando el sacerdote preguntó, como solía hacer, quién estaba dispuesto a llevar la Eucaristía a los demás hermanos y hermanas que la esperaban, se levantó el joven Tarsicio y dijo: «Envíame a mí». Ese muchacho parecía demasiado joven para un servicio tan arduo. «Mi juventud —dijo Tarsicio— será la mejor protección para la Eucaristía». El sacerdote, convencido, le confió aquel Pan precioso, diciéndole: «Tarsicio, recuerda que a tus débiles cuidados se encomienda un tesoro celestial. Evita los caminos frecuentados y no olvides que las cosas santas no deben ser arrojadas a los perros ni las perlas a los cerdos. ¿Guardarás con fidelidad y seguridad los Sagrados Misterios?». «Moriré —respondió decidido Tarsicio— antes que cederlos». A lo largo del camino se encontró con algunos amigos, que acercándose a él le pidieron que se uniera a ellos. Al responder que no podía, ellos —que eran paganos— comenzaron a sospechar e insistieron, dándose cuenta de que apretaba algo contra su pecho y parecía defenderlo. Intentaron arrancárselo, pero no lo lograron; la lucha se hizo cada vez más furiosa, sobre todo cuando supieron que Tarsicio era cristiano; le dieron puntapiés, le arrojaron piedras, pero él no cedió. Ya moribundo, fue llevado al sacerdote por un oficial pretoriano llamado Cuadrado, que también se había convertido en cristiano a escondidas. Llegó ya sin vida, pero seguía apretando contra su pecho un pequeño lienzo con la Eucaristía. Fue sepultado inmediatamente en las catacumbas de san Calixto.

El Papa san Dámaso hizo una inscripción para la tumba de san Tarsicio, según la cual el joven murió en el año 257. El Martirologio Romano fija la fecha el 15 de agosto y en el mismo Martirologio se recoge una hermosa tradición oral, según la cual no se encontró el Santísimo Sacramento en el cuerpo de san Tarsicio, ni en las manos ni entre sus vestidos. Se explicó que la partícula consagrada, defendida con la vida por el pequeño mártir, se había convertido en carne de su carne, formando así con su mismo cuerpo una única hostia inmaculada ofrecida a Dios.

Queridas y queridos monaguillos, el testimonio de san Tarsicio y esta hermosa tradición nos enseñan el profundo amor y la gran veneración que debemos tener hacia la Eucaristía: es un bien precioso, un tesoro cuyo valor no se puede medir; es el Pan de la vida, es Jesús mismo que se convierte en alimento, apoyo y fuerza para nuestro peregrinar de cada día, y en camino abierto hacia la vida eterna; es el mayor don que Jesús nos ha dejado.

Me dirijo a vosotros, aquí presentes, y por medio de vosotros a todos los monaguillos del mundo. Servid con generosidad a Jesús presente en la Eucaristía. Es una tarea importante, que os permite estar muy cerca del Señor y crecer en una amistad verdadera y profunda con él. Custodiad celosamente esta amistad en vuestro corazón como san Tarsicio, dispuestos a comprometeros, a luchar y a dar la vida para que Jesús llegue a todos los hombres. También vosotros comunicad a vuestros coetáneos el don de esta amistad, con alegría, con entusiasmo, sin miedo, para que puedan sentir que vosotros conocéis este Misterio, que es verdad y que lo amáis. Cada vez que os acercáis al altar, tenéis la suerte de asistir al gran gesto de amor de Dios, que sigue queriéndose entregar a cada uno de nosotros, estar cerca de nosotros, ayudarnos, darnos fuerza para vivir bien.

Como sabéis, con la consagración, ese pedacito de pan se convierte en Cuerpo de Cristo, ese vino se convierte en Sangre de Cristo. Sois afortunados por poder vivir de cerca este inefable misterio. Realizad con amor, con devoción y con fidelidad vuestra tarea de monaguillos. No entréis en la iglesia para la celebración con superficialidad; antes bien, preparaos interiormente para la santa misa. Ayudando a vuestros sacerdotes en el servicio del altar contribuís a hacer que Jesús esté más cerca, de modo que las personas puedan sentir y darse cuenta con más claridad de que él está aquí; vosotros colaboráis para que él pueda estar más presente en el mundo, en la vida de cada día, en la Iglesia y en todo lugar. Queridos amigos, vosotros prestáis a Jesús vuestras manos, vuestros pensamientos, vuestro tiempo. Él no dejará de recompensaros, dándoos la verdadera alegría y haciendo que sintáis dónde está la felicidad más plena. San Tarsicio nos ha mostrado que el amor nos puede llevar incluso hasta la entrega de la vida por un bien auténtico, por el verdadero bien, por el Señor.

Probablemente a nosotros no se nos pedirá el martirio, pero Jesús nos pide la fidelidad en las cosas pequeñas, el recogimiento interior, la participación interior, nuestra fe y el esfuerzo de mantener presente este tesoro en la vida de cada día. Nos pide la fidelidad en las tareas diarias, el testimonio de su amor, frecuentado la Iglesia por convicción interior y por la alegría de su presencia. Así podemos dar a conocer también a nuestros amigos que Jesús vive. Que en este compromiso nos ayude la intercesión de san Juan María Vianney —cuya memoria litúrgica se celebra hoy—, de este humilde párroco de Francia que cambió una pequeña comunidad y así dio al mundo nueva luz. Que el ejemplo de san Tarsicio y de san Juan María Vianney nos impulse cada día a amar a Jesús y a cumplir su voluntad, como hizo la Virgen María, fiel a su Hijo hasta el final. Gracias, una vez más, a todos. Que Dios os bendiga en estos días. Os deseo un feliz regreso a vuestros países.

 Papa Benedicto XVI

jueves, 5 de julio de 2012

Dame tu corazón, ámame tal como eres



Conozco tu pobreza, conozco las luchas y preocupaciones de tu alma, la fragilidad y las enfermedades de tu cuerpo; conozco tu cobardía, tus desfallecimientos. Pero a pesar de todo te digo: DAME TU CORAZÓN, ÁMAME TAL COMO ERES.

Si esperas ser perfecto para amar, no me amarás jamás. Aún cuando caigas a menudo en las mismas faltas que quisieras no cometer nunca, aún cuando fueras cobarde en la práctica de la virtud, NO ME NIEGUES TU AMOR.

Ámame tal como eres, a cada instante y en cualquier situación en que te encuentres: en el fervor o en la aridez espiritual, en la felicidad y hasta en la misma infelicidad. Ámame, Tal como eres. QUIERO EL AMOR DE TU CORAZÓN HUMILDE.

Si para amarme esperas ser perfecto no me amarías nunca. ¿No podría Yo hacer que cada grano de arena sea un ser radiante, lleno de pureza, de nobleza y de amor? ¿No podría Yo, con el menor designo de mi voluntad, hacer surgir de la nada miles de santos, mil veces más perfectos y más encendidos en amor que los que he creado? ¿No soy Yo, el Omnipotente? ¿Y si quisiera dejar para siempre en la nada a estos seres maravillosos, y preferir, a 
ellos, tu amor?

Hijo Mío, DÉJAME QUE TE AME.
Quiero tu corazón, quiero formarte, pero mientras tanto, TE AMO COMO ERES. Y anhelo que tú hagas lo mismo. Deseo ver, desde el fondo de tu ser, elevarse y crecer como tu amor.

AMO EN TI HASTA TU MISMA DEBILIDAD.
Amo el amor de tus imperfectos. Quiero que desde tu pobreza, se eleve continuamente este grito: "Señor, te amo". Es el canto de tu corazón el que más me agrada. ¿Necesito, acaso, de tu ciencia, de tus talentos? Es algo más que virtudes lo que busco. Si te las consediera, tu amor propio, pronto las debilitaría. Por ello no te inquietes. Acepto de ti lo poco que tienes 
porque te amo. Yo te he creado para el amor. ¡AMA! El amor te impulsará a hacer lo que tengas que hacer, aún sin que lo pienses. No pretendas otra cosa sino llenar de amor el momento presente. HOY ME TIENES A LA PUERTA DE TU CORAZÓN COMO UN MENDIGO. Llamo y espero. Apresúrate a abrirme. No te excuses de tu pobreza. Si la conocieras plenamente, morirías de dolor. 

LO QUE MAS HIERE MI CORAZÓN ES VERTE DUDAR, CARECER DE MI CONFIANZA, Y RECHAZAR MI AMOR.
Quiero que pienses en Mí cada instante del día y de la noche. No hagas nada, ni la acción más insignificante, sino es por AMOR A MI. Cuando tengas que sufrir, Yo te daré mi gracia. Tú dame tu amor y conocerás un amor tan grande como jamás podrías soñar. Pero no te olvides: ÁMAME, TAL C0MO ERES. Y no esperes a ser santo para entregarte al amor. De lo contrario, no amarás jamás".

Jesús, tu Dios, el que te ama y se entregó por ti.

La misericordia es el fuego que arde en el corazón de Dios



"Que ningún alma tema acercarse a Mí, aunque sus pecados sean como escarlata. Mi misericordia es tan grande que en toda la eternidad no la penetrará ningún intelecto humano ni angélico. Todo lo que existe ha salido de las entrañas de mi misericordia"


(Diario de Santa Faustina, 699)

miércoles, 4 de julio de 2012

Meditación de las dos banderas



En sus Ejercicios Espirituales tiene San Ignacio de Loyola una meditación genial, titulada "Las Dos Banderas". ¿Cómo se imagina Ignacio el mundo? Como un campo de batalla en el que se enfrentan dos ejércitos empeñados en una lucha a vida o muerte: el ejército de Jesucristo y el ejército de Satanás. 


Fue primero Satanás el que plantó cara a Dios en el paraíso terrenal, y se hizo con la victoria. Pero Dios agarró el guante, y le sentenció al enemigo: 


- Voy a mandar uno que te machacará la cabeza. 

¿Y qué hizo Jesucristo, el enviado de Dios? Se le enfrenta a Satanás y lo derrota con la Cruz. La victoria de Satanás en el paraíso fue grande; pero fue más grande la de Jesucristo en el Calvario. Diríamos que con las dos batallas ha habido un empate en la guerra: una victoria y una derrota por cada bando. La guerra sigue, porque no acabará hasta el final del mundo, y continúan enfrentados Jesucristo y Satanás. 

Viene ahora el planteamiento magnífico de Ignacio de Loyola, que había sido militar y entendía en estrategia bélica. 

Satanás planta sus reales en el campamento de Babilonia, donde todo es desorden, confusión, arrogancia, y se sienta soberbio en un trono de fuego y de humo pestilente. A sus órdenes, muchos demonios y todos los malos que se ponen a su disposición, a los que da la orden: 

- ¡A esparcirse por el mundo y a perder a todos los hombres, arrebatándoselos a Dios y lanzándolos a nuestro infierno!... ¡A meter el orgullo en todos los cerebros y en todos los corazones con ansia de dinero, de placer, de dominio! ¡El mundo es nuestro y ha de estar rendido a mis pies!... 

Este es el ejército que milita bajo la bandera de Satanás. Terrible, espantoso, repugnante... 

¿Y Jesucristo?... Según Ignacio de Loyola, ha establecido su cuartel general en Jerusalén, "ciudad de paz", y su Comandante en Jefe, el más bello entre los hombres, es humilde, sencillo, afable, amoroso, encantador..., pero con una mano de hierro contra Satanás. Y arenga también a los suyos: 

- ¡A esparcirse por todo el mundo! ¡Que no haya un solo rincón en el que no entre mi Cruz y con ella la salvación! ¡A conquistar a todos los hombres para llevarlos a Dios y meterlos en su Gloria, la que yo les he conquistado con mi sangre! Con la pobreza, la humildad, la pureza, la mansedumbre, el amor..., haremos a todos los hombres míos para llevarlos a mi Padre. ¡A luchar con valentía! ¡Fe en la victoria, y fe en mi Reino que no tendrá fin!... 

Este es el ejército que milita bajo la bandera de Jesucristo. Bello todo a más no poder... 

Dos Jefes y dos ejércitos, Jesucristo y Satanás, enfrentados en una guerra feroz y sin cuartel. Un ejército y otro no se toman un día de tregua, y los dos bandos se disputan el terreno palmo a palmo. 

Pero, eso sí, sabemos desde ahora que al final habrá habido dos victorias contra una. Y la última victoria, la definitiva, será para Jesucristo, que habrá derrotado a Satanás para siempre, al que arrojará con los suyos en un fuego eterno. 

Este es el planteamiento de esa meditación magnífica de Ignacio de Loyola. 

Hoy San Ignacio no propondría la meditación de la misma manera, sino que hablaría de ejércitos con tanques y reactores, con misiles y atómicas... Pero la realidad sería la misma: lucha del cristiano, seguidor de Jesucristo, contra un mundo que se declara por Satanás. 

Evangelio puro. El Jesús de los cuarenta días de ayuno y de las tentaciones, que no se rinde por nada a Satanás: -Come pan: -¡No quiero!... -Tírate, para que te aplaudan. -¡No quiero!... -Adórame. -¡No quiero!... 

El Satanás que se figura cantar victoria en el Calvario, aunque es allí donde se le escapa la presa. 

Y la lucha entre el bien y el mal, entre los seguidores de Satanás y los de Jesucristo, que se han empeñado en conquistarlo cada uno para su respectivo Jefe. 

Porque cada uno se pregunta: -¿A quién pertenezco? ¿Por quién me declaro?... Cada persona en particular, como los hombres en su conjunto, en grupo, se declaran por uno u otro beligerante, ya que no caben los neutrales. ¿Por Jesucristo o por Satanás? 

El demonio no perdona al hombre, destinado a la gloria que él perdió miserablemente. Llevado de su odio a Dios y de su envidia al hombre, está empeñado en que no pertenezca a Dios ninguno de nosotros. 

Pero Jesucristo está empeñado también en ganarse a cada uno de nosotros, rescatado y comprado a costa de su propia sangre.

Y yo ¿de quién quiero ser? ¿De Jesucristo o de Satanás?

Mi corazón te canta agradecido


Señor, mi corazón rebosa agradecimiento
por tantos dones y bendiciones tuyas.
No bastaría el canto del corazón y de los labios,
si no pusiera mi vida a tu servicio,
para dar testimonio con mis acciones.
A Ti la gratitud y la alabanza.
Tú me has sacado de la nada y me has elegido;
me has hecho feliz con tu amor y tu presencia.
No te conozco bien, no conozco siquiera mis necesidades.
Pero Tú, ¡oh Padre!, nos conoces por entero.
Soy incapaz de amarme a mi mismo como Tú me amas.
Tú, Señor, me has creado con un sólo corazón
y quieres que sea sólo para Ti.
Señor, estar ante Ti es lo más grato.
En este momento me presento ante Ti.
Acéptame cuando y como quieras.
Haz de mi según tus deseos.
Me has creado a tu imagen,
y me has hecho hijo tuyo.
Honor, gloria y alabanza a Ti, Padre,
por los siglos de los siglos. Amén.

martes, 3 de julio de 2012

El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios


"El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su ánima; y las otras cosas sobre la haz de la tierra son criadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para que es criado. De donde se sigue, que el hombre tanto ha de usar dellas, quanto le ayudan para su fin, y tanto debe quitarse dellas, quanto para ello le impiden. Por lo qual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas, en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío, y no le está prohibido; en tal manera, que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás; solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos criados."

1. Fui creado para cantar las maravillas de la existencia, referir todo a mi Creador y, finalmente, reflejar su gloria. Este cántico feliz que trae, expone, devela la gloria del Creador es mi tarea. Además es el medio para una consecuencia feliz: mi salvación. Es decir, el camino para la salvación es uno en el cual mi vida en todas sus facetas resplandece y habla de una gloria remitida a Dios. Nada menos que eso es el deseo de Dios para mi: que yo brille con su luz. Queda en evidencia y se propone de inicio lo bueno que es mi creador al brindarme un camino alegre, rico y abundante para mi salvación.

2. La bondad de mi Dios para conmigo es mayor aún según Ignacio. Tan lejos llega, que todo el mundo y lo que en él habita ha sido creado para ayudarme a mi fin. Esto es una declaración inmensamente poderosa y potenciadora. Todo existe para servirme. Con ésto el "y vió que era bueno" del Génesis se despliega ante mi como una realidad concreta y verdadera. El mundo y lo que hay en él es bueno. Cabe una advertencia sin embargo: no todo es necesariamente bueno y conveniente para mi propósito particular. Es por tanto mi responsabilidad, como ser libre, discernir qué ayuda y qué estorba mi salvación. El uso que hago de las cosas es por tanto lo que debo determinar. Mi responsabilidad es tomar buenas elecciones para vivir "salvado" y participar en la plenitud de mi creador.

3. Este planteamiento inicial, este pre-supuesto, es bellísimo. El hecho de postular de entrada y establecer como base que yo fui creado para mi propia salvación me parece extraordinario. Significa que éste que me creó deseó mi bienestar al concebirme y que fue mi bien parte integral de su proyecto para mí. Este Dios que concibe Ignacio, me lanzó desde la generosidad. Por tanto, me imagino a este Dios tejiéndome con infinita estima para luego arrojarme con sutileza hacia un destino bueno, un horizonte de felicidad donde se encuentra nuevamente el mismo Creador. Es decir, asumo como mio este bondadoso creador y de igual modo su designio positivo para mi. Entonces digo que yo fui producto, consecuencia, engendro, de una intención amorosa, que se cierra, o vierte sobre si misma, en el círculo de lo que Ignacio llama "salvación".

4. He de pedir la gracia de hacerme indiferente a tal punto que sólo haga uso de "las cosas" en tanto sean buenas para mi salvación. Deseo dejar entrar a mi vida (personas, actitudes o cosas) sólo aquello que "me salve".

San Ignacio de Loyola

lunes, 2 de julio de 2012

Gran fuerza alcanza el verdadero amor



"Gran fuerza alcanza el verdadero amor y el que es perfectamente amado se apodera de toda la voluntad del amante: nada manda tanto como la caridad.

Nosotros, si de veras amamos a Cristo, si nos acordamos de que estamos redimidos con su sangre, ya no debemos querer ni hacer sino lo que sabemos que Él quiere".

San Paulino de Nola

domingo, 1 de julio de 2012

Julio: mes de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo



CIUDAD DEL VATICANO, 5 JUL 2009 (VIS).-Benedicto XVI recordó que antiguamente el primer domingo de julio se caracterizaba por la devoción a la Preciosa Sangre de Cristo; una tradición confirmada, dijo, "por el beato Juan XXIII, que en la Carta Apostólica "Inde a primis", del 30 de junio de 1960, explicaba su significado y aprobaba las Letanías".

Ante los fieles reunidos en la Plaza de San Pedro, el Papa explicó que "el tema de la sangre, ligado al del Cordero pascual, asume una importancia de primer orden en las Sagradas Escrituras", y rememoró la frase de Cristo en la Última Cena: "Esta es la sangre de la alianza, derramada por muchos para el perdón de los pecados".

"La Sangre de Cristo es la prenda del amor fiel de Dios por la humanidad. Mirando las llagas del Crucificado, todo ser humano, incluso en condiciones de extrema miseria moral, puede decir: Dios no me ha abandonado, me ama, ha dado la vida por mí y así reencontrar la esperanza".



Letanías de la Preciosa Sangre
Señor, ten piedad de nosotros. 
Cristo, ten piedad de nosotros. 
Señor, ten piedad de nosotros. 
Cristo óyenos. 
Cristo escúchanos. 
Dios Padre celestial, ten misericordia de nosotros. 
Dios Hijo, Redentor del mundo, ten misericordia de nosotros. 
Dios Espiritu Santo, ten misericordia de nosotros. 
Santa Trinidad, un solo Dios, ten misericordia de nosotros. 

Sangre de Cristo, hijo único del Padre Eterno, sálvanos
Sangre de Cristo, Verbo encarnado, 
Sangre de Cristo, Nuevo y Antiguo Testamento, 
Sangre de Cristo, derramada sobre la tierra durante su agonía, 
Sangre de Cristo, vertida en la flagelación, 
Sangre de Cristo, que emanó de la corona de espinas, 
Sangre de Cristo, derramada sobre la Cruz, 
Sangre de Cristo, precio de nuestra salvación, 
Sangre de Cristo, sin la cual no puede haber remisión, 
Sangre de Cristo, alimento eucarístico y purificación de las almas, 
Sangre de Cristo, manantial de misericordia, 
Sangre de Cristo, victoria sobre los demonios, 
Sangre de Cristo, fuerza de los mártires, 
Sangre de Cristo, virtud de los confesores, 
Sangre de Cristo, fuente de virginidad, 
Sangre de Cristo sostén de los que están en peligro, 
Sangre de Cristo, alivio de los que sufren, 
Sangre de Cristo, consolación en las penas, 
Sangre de Cristo, espíritu de los penitentes, 
Sangre de Cristo, auxilio de los moribundos, 
Sangre de Cristo, paz y dulzura de los corazones, 
Sangre de Cristo, prenda de la vida eterna, 
Sangre de Cristo que libera a las almas del Purgatorio, 
Sangre de Cristo, digna de todo honor y de toda gloria, 
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, perdónanos Señor. 
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, escúchanos Señor. 
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, ten piedad de nosotros. 

V. Nos rescataste, Señor, por tu Sangre. 
R. E hiciste nuestro el reino de los cielos. 


Oremos. Dios Eterno y Todopoderoso que constituíste a tu hijo único Redentor del mundo, y que quisiste ser apaciguado por su sangre, haz que venerando el precio de nuestra salvación y estando protegidos por él sobre la tierra contra los males de esta vida, recojamos la recompensa eterna en el Cielo. Por Jesucristo Nuestro Señor. V. Amén.




El Sacerdote



¿Quién ha recibido nuestra alma recién nacida?
El SACERDOTE.

¿Quién la alimenta para que pueda terminar su peregrinación?
El SACERDOTE.

¿Quién la preparará para comparecer ante Dios, lavándola por última vez en la Sangre de Jesucristo?
El SACERDOTE.

Después de Dios, ¡el SACERDOTE es todo!... Él mismo sólo lo entenderá en el Cielo.

“¡Oh, qué grande es el sacerdote! Si se diese cuenta, moriría… 


El SACERDOTE continúa la obra de la Redención sobre la tierra. El sacerdote no es sacerdote para sí mismo sino para los demás.

Señor, danos SACERDOTES según tu Corazón!



Santo Cura de Ars

Consagración a la Virgen del Carmen



Soberana Virgen del Carmen, Madre común de todos los fieles, pero muy en especial de los que visten vuestro Santo Escapulario: alcanzadme a mi, que soy uno de vuestros privilegiados hijos, que viva castamente todos los días de mi peregrinación por este mundo, que muera bajo vuestro manto maternal, y, si Dios me destinase a expiar mis pecados en el Purgatorio, sacadme de allí cuanto antes con vuestra poderosa intercesión, cómo lo habéis prometido a todos aquellos que se adornan con el escudo e insignia de los predilectos hijos del Carmelo. ¡Oh dulcísima María! Defensa en los peligros, prenda de vuestro amor singular, y pacto de eterna alianza con vuestros hijos, llamasteis a vuestro Santo Escapulario. Que nunca, pues, se rompa este pacto por el pecado, ¡oh Madre mía querida!; y en prueba de mi fidelidad perpetua, yo me ofrezco todo a Vos, y consagro en este día mis ojos, mis oídos, mi lengua y todo mi ser; y pues soy todo vuestro, guardadme y defendedme como cosa y posesión vuestra. Amén.
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