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miércoles, 10 de octubre de 2012

En pocas horas comienza el Año de la Fe

En pocas horas comienza el Año de la Fe


VATICANO, 10 Oct. 12 / 04:19 pm (ACI/EWTN Noticias).- En unas pocas horas se dará inicio al Año de la Fe, convocado por el Papa Benedicto XVI, en ocasión del 50 aniversario del Concilio Vaticano II, que comenzará este jueves 11 de octubre de 2012 y concluirá el 24 de noviembre de 2013. Para la ocasión el Pontífice ha invitado a los padres conciliares que aún viven.
En un comunicado de la Sala de Prensa de la Santa Sede al respecto, se informa que el Papa invitó a Roma a los jefes de las Iglesias Orientales Católicas y los Presidentes de las Conferencias Episcopales de todo el mundo. Varios de ellos ya están en la Ciudad Eterna como delgados del Sínodo de los Obispos que se realiza hasta el 28 de octubre.
Benedicto XVI también invitó a los padres conciliares que aún viven. Se trata de 70 obispos, la mayoría de ellos muy ancianos. Está previsto que una docena de ellos puedan estar presentes en la Misa del 11 de octubre en la Plaza de San Pedro.
Al día siguiente, viernes 12 de octubre, el grupo de padres sinodales celebrará una Misa ante la tumba de San Pedro. A continuación, a las 12:30, serán recibidos en audiencia por el Papa, junto a los jefes de las Iglesias Orientales, los Presidentes de las Conferencias Episcopales y los Patriarcas de las Iglesias Orientales.
Entre los obispos latinoamericanos que estuvieron en el Concilio Vaticano II y que han confirmado su presencia para el inicio del Año de la Fe están el Arzobispo Emérito de San Luis Potosí (México), Mons. Arturo Antonio Szymanski Ramírez, de 90 años; y el Obispo Emérito de Melo (Uruguay), Mons. Roberto Reinaldo Cáceres González, de 91 años.
El Papa Benedicto XVI convocó al Año de la Fe con el motu proprio Porta Fidei.
Una de sus principales disposiciones está la concesión de la indulgencia plenaria para todos los fieles de acuerdo a algunas indicaciones como se puede ver en http://www.aciprensa.com/noticias/ano-de-la-fe-sepa-como-obtener-la-indulgencia-plenaria-48447/    

martes, 9 de octubre de 2012

El cristianismo no debe ser tibio



«El cristianismo no debe ser tibio, este es el mayor peligro del cristianismo de hoy: la tibieza desacredita al cristianismo». 

Papa Benedicto XVI

viernes, 6 de julio de 2012

San Tarcisio, hostia inmaculada ofrecida a Dios


¿Quién era san Tarcisio? No tenemos muchas noticias de él. Estamos en los primeros siglos de la historia de la Iglesia; más exactamente en el siglo III. Se narra que era un joven que frecuentaba las catacumbas de san Calixto, aquí en Roma, y era muy fiel a sus compromisos cristianos. Amaba mucho la Eucaristía, y por varios elementos deducimos que probablemente era un acólito, es decir, un monaguillo. Eran años en los que el emperador Valeriano perseguía duramente a los cristianos, que se veían forzados a reunirse a escondidas en casas privadas o, a veces, también en las catacumbas, para escuchar la Palabra de Dios, orar y celebrar la santa misa. También la costumbre de llevar la Eucaristía a los presos y a los enfermos resultaba cada vez más peligrosa.

Un día, cuando el sacerdote preguntó, como solía hacer, quién estaba dispuesto a llevar la Eucaristía a los demás hermanos y hermanas que la esperaban, se levantó el joven Tarsicio y dijo: «Envíame a mí». Ese muchacho parecía demasiado joven para un servicio tan arduo. «Mi juventud —dijo Tarsicio— será la mejor protección para la Eucaristía». El sacerdote, convencido, le confió aquel Pan precioso, diciéndole: «Tarsicio, recuerda que a tus débiles cuidados se encomienda un tesoro celestial. Evita los caminos frecuentados y no olvides que las cosas santas no deben ser arrojadas a los perros ni las perlas a los cerdos. ¿Guardarás con fidelidad y seguridad los Sagrados Misterios?». «Moriré —respondió decidido Tarsicio— antes que cederlos». A lo largo del camino se encontró con algunos amigos, que acercándose a él le pidieron que se uniera a ellos. Al responder que no podía, ellos —que eran paganos— comenzaron a sospechar e insistieron, dándose cuenta de que apretaba algo contra su pecho y parecía defenderlo. Intentaron arrancárselo, pero no lo lograron; la lucha se hizo cada vez más furiosa, sobre todo cuando supieron que Tarsicio era cristiano; le dieron puntapiés, le arrojaron piedras, pero él no cedió. Ya moribundo, fue llevado al sacerdote por un oficial pretoriano llamado Cuadrado, que también se había convertido en cristiano a escondidas. Llegó ya sin vida, pero seguía apretando contra su pecho un pequeño lienzo con la Eucaristía. Fue sepultado inmediatamente en las catacumbas de san Calixto.

El Papa san Dámaso hizo una inscripción para la tumba de san Tarsicio, según la cual el joven murió en el año 257. El Martirologio Romano fija la fecha el 15 de agosto y en el mismo Martirologio se recoge una hermosa tradición oral, según la cual no se encontró el Santísimo Sacramento en el cuerpo de san Tarsicio, ni en las manos ni entre sus vestidos. Se explicó que la partícula consagrada, defendida con la vida por el pequeño mártir, se había convertido en carne de su carne, formando así con su mismo cuerpo una única hostia inmaculada ofrecida a Dios.

Queridas y queridos monaguillos, el testimonio de san Tarsicio y esta hermosa tradición nos enseñan el profundo amor y la gran veneración que debemos tener hacia la Eucaristía: es un bien precioso, un tesoro cuyo valor no se puede medir; es el Pan de la vida, es Jesús mismo que se convierte en alimento, apoyo y fuerza para nuestro peregrinar de cada día, y en camino abierto hacia la vida eterna; es el mayor don que Jesús nos ha dejado.

Me dirijo a vosotros, aquí presentes, y por medio de vosotros a todos los monaguillos del mundo. Servid con generosidad a Jesús presente en la Eucaristía. Es una tarea importante, que os permite estar muy cerca del Señor y crecer en una amistad verdadera y profunda con él. Custodiad celosamente esta amistad en vuestro corazón como san Tarsicio, dispuestos a comprometeros, a luchar y a dar la vida para que Jesús llegue a todos los hombres. También vosotros comunicad a vuestros coetáneos el don de esta amistad, con alegría, con entusiasmo, sin miedo, para que puedan sentir que vosotros conocéis este Misterio, que es verdad y que lo amáis. Cada vez que os acercáis al altar, tenéis la suerte de asistir al gran gesto de amor de Dios, que sigue queriéndose entregar a cada uno de nosotros, estar cerca de nosotros, ayudarnos, darnos fuerza para vivir bien.

Como sabéis, con la consagración, ese pedacito de pan se convierte en Cuerpo de Cristo, ese vino se convierte en Sangre de Cristo. Sois afortunados por poder vivir de cerca este inefable misterio. Realizad con amor, con devoción y con fidelidad vuestra tarea de monaguillos. No entréis en la iglesia para la celebración con superficialidad; antes bien, preparaos interiormente para la santa misa. Ayudando a vuestros sacerdotes en el servicio del altar contribuís a hacer que Jesús esté más cerca, de modo que las personas puedan sentir y darse cuenta con más claridad de que él está aquí; vosotros colaboráis para que él pueda estar más presente en el mundo, en la vida de cada día, en la Iglesia y en todo lugar. Queridos amigos, vosotros prestáis a Jesús vuestras manos, vuestros pensamientos, vuestro tiempo. Él no dejará de recompensaros, dándoos la verdadera alegría y haciendo que sintáis dónde está la felicidad más plena. San Tarsicio nos ha mostrado que el amor nos puede llevar incluso hasta la entrega de la vida por un bien auténtico, por el verdadero bien, por el Señor.

Probablemente a nosotros no se nos pedirá el martirio, pero Jesús nos pide la fidelidad en las cosas pequeñas, el recogimiento interior, la participación interior, nuestra fe y el esfuerzo de mantener presente este tesoro en la vida de cada día. Nos pide la fidelidad en las tareas diarias, el testimonio de su amor, frecuentado la Iglesia por convicción interior y por la alegría de su presencia. Así podemos dar a conocer también a nuestros amigos que Jesús vive. Que en este compromiso nos ayude la intercesión de san Juan María Vianney —cuya memoria litúrgica se celebra hoy—, de este humilde párroco de Francia que cambió una pequeña comunidad y así dio al mundo nueva luz. Que el ejemplo de san Tarsicio y de san Juan María Vianney nos impulse cada día a amar a Jesús y a cumplir su voluntad, como hizo la Virgen María, fiel a su Hijo hasta el final. Gracias, una vez más, a todos. Que Dios os bendiga en estos días. Os deseo un feliz regreso a vuestros países.

 Papa Benedicto XVI

domingo, 1 de julio de 2012

Julio: mes de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo



CIUDAD DEL VATICANO, 5 JUL 2009 (VIS).-Benedicto XVI recordó que antiguamente el primer domingo de julio se caracterizaba por la devoción a la Preciosa Sangre de Cristo; una tradición confirmada, dijo, "por el beato Juan XXIII, que en la Carta Apostólica "Inde a primis", del 30 de junio de 1960, explicaba su significado y aprobaba las Letanías".

Ante los fieles reunidos en la Plaza de San Pedro, el Papa explicó que "el tema de la sangre, ligado al del Cordero pascual, asume una importancia de primer orden en las Sagradas Escrituras", y rememoró la frase de Cristo en la Última Cena: "Esta es la sangre de la alianza, derramada por muchos para el perdón de los pecados".

"La Sangre de Cristo es la prenda del amor fiel de Dios por la humanidad. Mirando las llagas del Crucificado, todo ser humano, incluso en condiciones de extrema miseria moral, puede decir: Dios no me ha abandonado, me ama, ha dado la vida por mí y así reencontrar la esperanza".



Letanías de la Preciosa Sangre
Señor, ten piedad de nosotros. 
Cristo, ten piedad de nosotros. 
Señor, ten piedad de nosotros. 
Cristo óyenos. 
Cristo escúchanos. 
Dios Padre celestial, ten misericordia de nosotros. 
Dios Hijo, Redentor del mundo, ten misericordia de nosotros. 
Dios Espiritu Santo, ten misericordia de nosotros. 
Santa Trinidad, un solo Dios, ten misericordia de nosotros. 

Sangre de Cristo, hijo único del Padre Eterno, sálvanos
Sangre de Cristo, Verbo encarnado, 
Sangre de Cristo, Nuevo y Antiguo Testamento, 
Sangre de Cristo, derramada sobre la tierra durante su agonía, 
Sangre de Cristo, vertida en la flagelación, 
Sangre de Cristo, que emanó de la corona de espinas, 
Sangre de Cristo, derramada sobre la Cruz, 
Sangre de Cristo, precio de nuestra salvación, 
Sangre de Cristo, sin la cual no puede haber remisión, 
Sangre de Cristo, alimento eucarístico y purificación de las almas, 
Sangre de Cristo, manantial de misericordia, 
Sangre de Cristo, victoria sobre los demonios, 
Sangre de Cristo, fuerza de los mártires, 
Sangre de Cristo, virtud de los confesores, 
Sangre de Cristo, fuente de virginidad, 
Sangre de Cristo sostén de los que están en peligro, 
Sangre de Cristo, alivio de los que sufren, 
Sangre de Cristo, consolación en las penas, 
Sangre de Cristo, espíritu de los penitentes, 
Sangre de Cristo, auxilio de los moribundos, 
Sangre de Cristo, paz y dulzura de los corazones, 
Sangre de Cristo, prenda de la vida eterna, 
Sangre de Cristo que libera a las almas del Purgatorio, 
Sangre de Cristo, digna de todo honor y de toda gloria, 
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, perdónanos Señor. 
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, escúchanos Señor. 
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, ten piedad de nosotros. 

V. Nos rescataste, Señor, por tu Sangre. 
R. E hiciste nuestro el reino de los cielos. 


Oremos. Dios Eterno y Todopoderoso que constituíste a tu hijo único Redentor del mundo, y que quisiste ser apaciguado por su sangre, haz que venerando el precio de nuestra salvación y estando protegidos por él sobre la tierra contra los males de esta vida, recojamos la recompensa eterna en el Cielo. Por Jesucristo Nuestro Señor. V. Amén.




domingo, 24 de junio de 2012



"El 24 de junio celebramos la solemnidad del Nacimiento de san Juan Bautista. Con excepción de la Virgen María, Juan el Bautista es el único santo del que la liturgia celebra el nacimiento, y lo hace porque está estrechamente relacionado con el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios. Desde el vientre materno, ya Juan es el precursor de Jesús: su concepción milagrosa se le anuncia a María como una señal de que "no hay nada imposible para Dios" (Lc. 1,37), seis meses antes del gran prodigio que nos da la salvación, la unión de Dios con el hombre por obra del Espíritu Santo. Los cuatro Evangelios dan gran relieve a la figura de Juan el Bautista, como un profeta que termina el Antiguo Testamento e inaugura el Nuevo, identificando en Jesús de Nazaret al Mesías, el Ungido del Señor. De hecho, será Jesús mismo el que hablará de Juan con estas palabras: "Este es de quien está escrito: He aquí, que yo envío mi mensajero delante de ti / que preparará tu camino por delante de ti. En verdad les digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él." (Mt. 11,10-11)

El padre de Juan, Zacarías --marido de Isabel, pariente de María-- era sacerdote del culto judío. Él no creyó de inmediato en el anuncio de una paternidad así inesperada, y por esto se mantuvo mudo hasta el día de la circuncisión del niño, al que él y su esposa dieron el nombre dado por Dios, es decir, Juan, que significa "el Señor da la gracia". Animado por el Espíritu Santo, Zacarías habló así de la misión de su hijo: "Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo / pues irás delante del Señor para preparar sus caminos, / y dar a su pueblo el conocimiento de la salvación / mediante el perdón de sus pecados" (Lc. 1,76-77). Todo esto se hizo evidente treinta años más tarde, cuando Juan comenzó a bautizar en el río Jordán, llamando al pueblo a prepararse, con aquel gesto de penitencia, a la inminente venida del Mesías, que Dios le había revelado durante su permanencia en el desierto de la Judea. Por esto fue llamado "Bautista", es decir, "Bautizador" (cf. Mt. 3,1-6).



Cuando un día Jesús mismo viene de Nazaret a ser bautizado, Juan se negó al principio, pero luego aceptó y vio al Espíritu Santo posarse sobre Jesús y oyó la voz del Padre Celestial que proclamaba a su Hijo (cf. Mt. 3,13-17). Pero su misión no estaba aún cumplida: poco tiempo después, se le pidió que precediera a Jesús también con una muerte violenta: Juan fue decapitado en la prisión del rey Herodes, y así dar testimonio pleno del Cordero de Dios, que antes había reconocido y señalado públicamente.



Queridos amigos, la Virgen María ayudó a su anciana pariente Isabel a llevar a término el embarazo de Juan. Que ella nos ayude a todos a seguir a Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios, que el Bautista anunció con gran humildad y celo profético."

Papa Benedicto XVI

jueves, 14 de junio de 2012



«Queridos amigos, que ninguna adversidad os paralice. No tengáis miedo al mundo, ni al futuro, ni a vuestra debilidad. El Señor os ha otorgado vivir en este momento de la historia, para que gracias a vuestra fe siga resonando Su Nombre en toda la tierra.» 


(Papa Benedicto XVI)

lunes, 11 de junio de 2012

La Eucaristía es el núcleo fuerte de nuestra espiritualidad


La Eucaristía es el núcleo fuerte de nuestra espiritualidad. La Eucaristía es vida nuestra y viático. Es memorial del "amor más grande" y signo de una Presencia misteriosa. Es acicate para el compromiso de cada día y alimento de nuestra esperanza. Es paradigma de fraternidad y fermento de un mundo nuevo. Sin la Eucaristía "non possumus". "¿Qué sería de nuestra vida de cristianos sin la Eucaristía?" (Benedicto XVI)


Desde que Jesús se reunió con sus discípulos en el Cenáculo, otro mundo es posible. Allí se prendió una mecha de amistad y de solidaridad que no deja de crecer. Allí se estamparon las más hermosas actitudes de servicialidad. Allí se estableció el principio, verdadero dogma, de que sólo vale el amor; y se explicaron magistralmente las cualidades del amor verdadero, oblativo, a la vez humano y divino, amor que "no tiene medida", "amor que llega hasta el fin".



Allí se habló de gratuidad, de permanencia, de esperanza. Allí se sintió la necesidad de estar unidos, evitando los peligros del aislamiento y las infidelidades. Allí, sobre todo, se vivió la comunión perfecta. Aquello fue, en algún momento, un anticipo del cielo.


"El mundo incluso, nuestra sociedad, si se dejara contagiar por el dinamismo eucarístico, pronto vería el fin de sus problemas" (Benedicto XVI)
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